O D I N E A

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miércoles, 25 de abril de 2012

La mesa de la luz de media tarde

Viene todos los días a sentarse en la misma mesa, junto a la ventana que rescata la luz de media tarde. El ruido callejero de la ciudad, le recuerda el pañuelo que guarda las lágrimas de un desconocido, y que se atrevió a recoger de mañana. El frío le recorre por sus afueras y por sus adentros. No sabe cómo ni porqué, pero ahí lo tiene, entre sus manos. Decidido se levanta y se retira con parsimonia de la sala de lectura. La avenida transcurrida, le trajo un ciclista que pasó a llevarle el brazo, donde cargaba su enorme bolso de libros viejos, cartas viejas, amores viejos. El desplome también sacudió el pañuelo, que entre ráfagas de un viento otoñal, fue a rodar calle abajo. Sin apuro y a la espera de sentir la incertidumbre de aquel día, se arrodilla. Inclinando su cabeza, se acostó en el suelo junto a sus libros viejos, cartas viejas, amores viejos. Con sigilo, busca un pañuelo en donde pueda guardar sus lágrimas, sabe que a la mañana siguiente, volverá a sentarse en la misma mesa, junto a la ventana que rescata la luz de media tarde.

lunes, 5 de julio de 2010

liberta

Que me permitan sin cobrarme,
de saborear los colores libertos
aguados o espesos, mezclados,
impuros, tímidos, fugaces,
vividos.
Sentarme en la acera,
cubierta de manos pequeñas,
que se risueñan polvorientas
y se espantan de pintores aparentes.
Se recuerdan unidos, abrazados,
casi resueltos en uno mismo,
Como si cuadros enteros le regalaran los trazos,
en una pintura que aún se pinta.
Y nos marcamos risueños,
en una estela infinita,
que recuerda el cemento
sentados en la misma acera.
Así se acercaron,
otros colores que fueron libertos,
construidos esparcidos,
juntos en nuevos fugaces.
Supimos todos
cartas de nuestros recuerdos,
sonrisas que nos pintan,
soñados en tantos trazos.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Alborada

Me presento corpórea de manos gélidas
y arrebatados sueños a pies descalzos.
Esta vez nació la alborada
un poco después de las doce del día
entre un sol que ilumina sólo la mitad del rostro,
y abrasa llamaradas de anuncios en cartón.
Me despierto cuando aún no aterrizan los primeros pasajeros,
de aquel vuelo que imaginé que me llevaría a destino,
y sin embargo, vuelvo sin pañuelo y sin pisar tierra firme,
sin viajar desolada en la ruta que marqué un día.
Conozco de esas sonrisas que lamentan los atardeceres,
como un disparo que cruza nubes
y deforma las siluetas que alguna vez imaginé.
Aun vivo sumisa a desgarrados harapos viejos,
y no se pasa la vida como aquella sonrisa que se pinta,
como los colores que llevo puesto,
como esa nostalgia de primer día de año
en donde las promesas son mucho más que los deseos frustrados.
Ya no me siento a respirar apaciguada por el aire
hay una inmensidad de disturbios
que no dejan preguntar por ti
por mi,
y me recuerdo como una noche entre mujeres lindas,
y vestidos que se deshacen por miradas.
Anoche me dormí en esa fe extraña, ilusa
torpe,
soñando contarte todo lo que aun ni imagino,
tú besándome en cada palabra que diría por ti.
He de soportar que tengo los pies frios y descalzos,
en una alborada que ni conoce mi nombre,
ni mis historias, ni mis futuros,
ni mis manos,
ni mis ojos turbios
Alborada que deja una densa niebla oscura
Como para no saber que aún tus pies tocan los suelos
cuando recorres alamedas de esperanzas y altares de un mundo paralelo,
como para no saber que aun te duermes enajenado
contando los días aluciernagado de tantas líneas dibujadas,
como para no saber de tus ojos aguados
entre lineas de trovadores y amores ilusionados,
desilusionados
que ya ni duelen.

jueves, 21 de agosto de 2008

No nos duele

A las putas de esta ciudad de pobrezas.

No nos duele vernos con las uñas pintadas,
con los tacones y las pantys caladas.
No nos duele vernos en medio de la noche
en los ojos de quien pregunta nuestro precio.
No nos duele vernos amanecidas,
con los ojos dormidos y el maquillaje corrido.
No nos duele vernos, y vernos lindas
¡¡Mijitas ricas!! en esta ciudad de pobrezas.
Pero eso sí,
Y esto sí que nos duele,
Nos duele que no llamen malditas putas
Cuando ustedes son más putos
En sus mismos seres.

martes, 24 de junio de 2008

Él

Él es un hombre bueno.
A veces se dedica a repartir flores en sus calles,
a veces se dedica a cantar en plazas y paseos urbanos.

Él es un hombre grande.
Algunas noticias traen sus frescas manos trabajadas,
que suelen palpar impresiones en abanicos coloridos.

Él es un hombre pasajero.
sueña con mares tormentosos en sus pies,
y cordilleras desveladas que miren sus atardeceres.

Él es un hombre romántico.
nace del folclor de la más ingenua campesina,
y se encapulla en los celosos vientos mayores.

Él es un hombre salvaje.
fluye en grandes gomeros abrazadores,
se vierte en los caudales furiosos de besos alocados.

Él es un hombre fuerte.
puede congelar parajes de seducciones,
con la tibieza de su sola sombra.

Él es un hombre sensible.
pero muchas veces no siente el reparo de mi voz,
y puede permanecer quieto de arrullo.

Él es un hombre enamorado.
se viste de conquistadas sábanas usadas,
se desviste de la mirada atónita que le sonroja.

Él es un hombre,
un hombre
que me enamora.

lunes, 7 de abril de 2008

A medios ojos

Recuerdo perfectamente el día en que Gavilán de Cuatro Flores trajo consigo la mochila de lana de alpaca con una dedicatoria que decia mi nombre. Sus zapatos negros gastados y envueltos en una delicada capa de moho verdoso, me previno del largo viaje que emprendió desde la tierra en donde vuelan los cóndores. Su sonrisa pulcra y bien besada por las gélidas vertientes de la Cordillera Andina, me sedujo de cortejos penetrantes y delirantes a medios ojos. Y se paró frente a mis derretidas sensaciones, con la misma chaqueta raída que cargaba sobre sí el día en que inesperadamente me habló distraído para conseguir fuego, y se sorprendió al verme naufragar en lágrimas al compás de "sin excusas" del Chico Trujillo. Y me quedé quieta. Y se quedó quieto. Esa noche del 24 de enero de 2007, entre olas desorbitadas y apariencias extrañas, le dije con una sonrisa que no tenía fuego, mientras rodó sus dedos por mis enrojecidas mejillas, maniobrando un poco brusco mi cintura e invitándome a bailar ese valsecito. Llevaba olor a vino tinto en sus labios. Gavilán de Cuatro Flores pronunció lo único que esperaba escuchar, procurando no parpadear ni soltar la mochila de lana de alpaca que traía mi dedicatoria. Mi polarizada piel aún recordaba el día en que se acercó a pedirme fuego, en medio del tumulto extasiado de música, noche y desenfreno. No supe la respuesta. El silencio pregonaba la estela de nerviosismo, burlándose de nuestros cuerpos enajenados y deseosos de compartir una misma sábana. Pero no supe la respuesta. Gavilán de Cuatro Flores sabía de aquellos segundos que debía permanecer callado. Entonces comprendió. Lo miré tal cual como aquella noche. Tímida, recordé mis lágrimas. Y se marchó.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Parque Forestal

La casualidad la confundió con la muchacha a quien ella deseo por tiempos. Se le hacía necesario recordar su nombre, pero con debida frecuencia, Roberta de la Cruz prefería olvidar esas extrañas denominaciones con las que catalogaban a seres amados. No podía entender cómo te nombran Soledad, Dolores, Esperanza. Y como se propuso practicar la Justicia, decidió también olvidarse de los demás nombres de aquellos seres que circulan su corta vida de 23 años. Mientras continuaba fumando ese delicado cigarro de hoja verde, recostada en el húmedo pasto del Parque forestal, la muchacha que despidió el olor de anis mezclado con chocolate amargo y agua ardiente, caminaba apresurada por el sendero que marcaban las bermas de piedras y la tierra un poco enlodada. Roberta de la Cruz la comtemplaba, deseando un momento de recostarla junto a su lado, y besarla infinitamente con las caricias de sus dedos, de sus labios y de sus ojos. El olor de la muchacha penetró directo y se enclavó en las profundidades de su cuerpo, tal cual se quedo consigo y para siempre, su deseada Amada Montina, como la llamaba. Sintió ese tumulto de desesperación por no recordar su nombre de vida real, y gritarle de una vez por todas, la cautelosa vigilia que le seguía sin rumbo en esos tiempos. Fue la primera vez que se enfureció por sus utópicos ideales al querer cambiar su pequeño mundo. A ese minuto, la muchacha a quién confundió por llevar ese perfume de noche profana entre agua ardiente, chocolate y anís, se perdió tras los arboles que estiraban su ramaje a las olas del viento cálido. Roberta de la Cruz volvió a recuperar la calma y quiso apresurarse a dar la última fumada al cigarro de hoja verde. Se tomó el cabello enrizado y se lo mantuvo sobre su hombro derecho.

lunes, 7 de enero de 2008

A Roberta

A Roberta, de vez en cuando, le suceden cosas extrañas. El otro día se le alargó el cuello. Quedó tan frágil, que la cabeza se le movía en todas direcciones. A la mañana siguiente, su dedo pulgar de la mano derecha desapareció, así como si nada. Pareciera ser que los dioses -a mí me tinca que Zeus- han decidido jugar con ella un rato, tal cual como las niñitas con sus muñecas. Y lo más raro de todo, es que Roberta no dice ni pío. No le importa. Anda siempre por la vida cantando, emocionando y saltando. A veces creo que de tanta felicidad que irradia, lo que le sucede se le torna grato. Y ríe. Un día llegó con una panza enorme, y me dijo que era una burbuja inmensa que se la pegaron con cola fría en su guatita. No sabía quien, porque fue mientras dormía. Y así como le suceden esas cosas extrañas, así mismo desaparecen al otro día. En esos días en que no tiene nada exótico, se pone triste. Pero nunca ha despojado lágrima. Me dice que no sabe como se llora, por eso no lo hace. Y se ríe. Hoy me caí andando en bicicleta, y me lastimé la rodilla. Me dolió muchísimo, me puse a llorar. Roberta me miró, y me dio su mano para pararme. Luego, sacó de su bolso una nueva piel para mi rodilla. La dibujó y la adhirió. Como se acercó tanto a mí, descubrí que una mariposa le sonreía en el oído. la atrapé con mis manos, se la enseñe, y la mariposa murió. Y una lágrima rodó por su mejilla.

lunes, 15 de octubre de 2007

Rito

El Max adelantó un camión a 140 kilómetros por hora. Llevábamos las ventanas abiertas. Julia se peinaba mientras estiraba sus piernas en el asiento trasero de la furgoneta. Se recostaba, apoyando su cabeza en las piernas de Raúl. Despedía su perfume, a cada roce en que acariciaba su cabello. Yo pensaba en el imbécil de Raúl. No creía en la cuea que tuvo para enamorarla. Es un imbécil. Un imbécil-rico-hippie. Y lo peor de todo, es que Julia lo sabía. Lo supo desde el mismo momento en que lo conoció, y por eso le encantó. Dice que lo ama. Y me acordé del pito que traía en mi bolsillo. Y me apresuré en encenderlo. El olor a hierba siempre me antojaba mear. Y Julia decía puras huevadas. A veces trato de ignorarla, pero no, cada vez descubro que se parece más a Raúl. Son la pareja perfecta: cachan hasta reventarse los pulmones, y pelean hasta besarse con locura. Me pregunto cómo yo le gusté y cómo dejó que no le siguiera gustando. Las minas son todas unas perras. Incluso Julia, que hasta el día de hoy me agradece haberme conocido porque conmigo encontró a Raúl. Y cuando me dice esas cosas, yo atino a abrazarla y decirle que es la mina más bakán del mundo, que la quiero más que la cresta. La carretera se parecía a la del correcaminos "mic mic", tan saco de hueas que es el coyote. Me encantaría que porfín atrapara a ese pájaro y lo matara. El sol nos inundaba en el rancio olor a sudor del Max. Paramos un poco, y yo aproveché de mear. Me paré en medio de la carretera y fluí junto con mi propio pichi. Me reí de mi mismo y se me cayeron las lágrimas. Sé que por eso la Julia me quiere harto, porque soy igual de sensible que ella. Me emociona cualquier estupidez que me haga sentir vivo. Julia cantaba y bailaba, y yo seguía meando. Cuando terminé, me abrí de brazos, corrí al lado de Julia, y le saqué el pito de su boca. Me acarició la mejilla. Nos subimos a la furgoneta. Partimos de nuevo a 140 kilómetros por hora, con las ventanas abiertas. Atrás, la pareja perfecta comenzaba a agarrase el culo, para luego besarse desenfrenadamente. A mí se me caían los párpados, mientras me sonreía. Trataba de concentrarme en lo que me decía Max. Max también anduvo detrás de la Julia, pero no se enamoró. Siempre dijo que se la tiró por rica. Yo le creo, nosé porqué, pero le creo.

domingo, 20 de agosto de 2006

En una de tus alturas

Cuando el único niño que miró en el cielo una nube sonriente y se preparaba para empezar a contar los besos enamorados que veía en sus sueños, cuando el ángel recordó que debía ir a buscar las sensualidades olvidadas en los cajones de sus amados, cuando la joven muchacha sintió el placer de morder el dedo izquierdo de él, mientras tocaban sus senos atormentados y una pequeña célula se dividía en el frote de sus cuerpos; cuando yo sentí la palidez de mis ojos nublados al roce de tus labios, en el compás de los besos tibios en mi cuerpo helado, desvistiendo mis pieles con tu fragancia de impaciente, abandonando tu sudor en el instante en que mis pies alcanzaron los tuyos; cuando entendi el minuto en que los dedos se juntan mas allá de lo que pueden; fue ahí, preciso y perfecto el momento en que Dios mojó sus mejillas con cuatro lágrimas, esperando confiar en que aparecerá una nueva nube sonriente...

jueves, 13 de julio de 2006

Presagios


Ayer desperté con la extraña sensación de mirar mis manos antes de pisar fuera de la cama: presagios! Noté que en mi mano izquierda una nueva línea entremedio del dedo índice y el medio habia aparecido y sin preguntarme nada a mí. Me enojé tanto que decidí no utilizarla más. Sí desde ahora soy diestra, mi mano izquierda estará castigada por un buen período de tiempo, hasta que pida perdón por sus insinuaciones de rebeldía. Quedé ahora con la tarea de amaestrar mi mano derecha... son 18 años sin utilizarla como es debido... arduo trabajo el que me esperaba. Pero mi zurda miraba con tristeza la drástica decisión de mis pensamientos, es que los pensamientos se dejan apresar por los augurios que trae la noche fría, y se entumecen tanto, que buscan a cualquier acompañante que los abrace... mi mano izquierda seguía tan apenada, y no pude resistir más, tengo tan poca fuerza de voluntad... así que le dije que volvieramos a ser las mismas de antes, que la perdonaba, y todas esas cosas que se dicen cuando uno se reconcilia. Ahora estoy escribiendo con ella, hace poco la ocupaba para comer, es tan delicada cuando pincha las papas con el tenedor y las dirige a mi boca; o cuando me lava la cara en las mañanas, sabe que debe pasar más despacio por la nariz; además siempre le pide ayuda a la mano derecha cuando no puede hacer el trabajo sola... quiero tanto a mi mano izquierda!

Hoy temprano, cuando mis ojos se fueron abriendo, tuve la extraña sensación de mirar mis pies antes de ponerlos fuera de la cama: presagios!